Orden y Caos No.1
- 4 abr 2017
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Serie: Del orden al caos
Lo sabía, sabía que esto podía ocurrir. Estaba segura de que tenía que hablar sobre mi futuro, si hubiera realizado éste ejercicio hace cuatro años quizá hubiera escrito mil cosas, pero ahora las ideas han cambiado. Ahora veo las formas de otro color y con otro tipo de emociones. Y no quiero; no quiero pensar en el futuro, no hay un momento en el que no quiera pensar en el porvenir como un misterio, el matiz de mi vida actual me gusta, me cautiva porque está llena de asombro.
Sin planearlo antier fui con los productores de nuez, ayer a un ritual mexicano sobre el cénit del sol entre el majestuoso Popocatépetl y el picudito Teotón. Ahora voy a seleccionar mis fotos para llevarlas a San Pedro Yauchitlán o algo así, siempre olvido el apellido de los lugares y más aún cuando están en el idioma náhuatl. Al rato viene Erika para hacer un trabajo de diseño, mañana, mañana no sé qué va a ocurrir, pero sé que el futuro no es algo que debo planear a un año o dos o diez, es algo que voy construyendo momento a momento, como ahora que me levanto para platicar con mi hermana Oli sobre política, o me detengo un rato a pensar sobre mi perro Flash muerto hace tres semanas y que me duele todavía y saltan las lágrimas que reprimo con fuerza para que nadie me mire llorar. Ahora ya estoy en paz, ya pasó ese pequeño momento y me place colocar mis dedos flacos, largos y morenos sobre las blancas teclas de esta computadora, me deslumbra el brillo de la pantalla, ajusto la inclinación y ahora pienso en el ejercicio realizado ayer durante horas; caminamos casi cinco horas para subir a la montaña y sobre el sendero fui tomando las imágenes que debo seleccionar, retraté a Don Manolo con su sombrero de paja que portaba un poco desenfadado y que ostentaba un adorno en la parte de atrás que contiene una piedra nagra como acerina; pensé, y de cuyo centro bajan una especie de listones con plumas de aves de día colgando y brillando con el contacto de los rayos del sol. Su mujer llevaba una blusa blanca bordada de rojo, es morena muy morena, pero con un porte tan gallardo y altivo que si tengo que imaginar un nombre para ella le pondría Malintzin.

Estoy viviendo mi presente que hace tan solo unos segundos fue mi futuro y así consecutivamente va fluyendo poco al paso para dar lugar a la construcción de mi persona. Mañana no sé, no lo sé, quizá la sorpresa acuda a mí otra vez, puede ser que solo duerma y en mis sueños imagine que vuelo y llego a una especie de paraíso en el cuál las cosas no son lo que parecen o parezcan lo que realmente son. Como en ese sueño en el que me soñé dormida sobre el sillón de Coco, mi vecina sola y abandonada por todos; ahí me habló Dios acercándose a mi oído izquierdo para decirme “te amo”, y si hay eventos complicados en mi camino lo paso del pasado a mi futuro para recordar su voz y estar tranquila y confiada.
Ahora decido servirme un café y sé que cuándo lo beba, lo voy a paladear para permitirle invadir esa caverna que guarda a ese pasajero húmedo a veces prudente y a veces impropio que articula las palabras que digo y voy a decir sin parar o parando un poco para darle espacio a otra situación que me ponga en sintonía con la parte que habito y probablemente no habitaré más. Hablo un poco con los muchachos que trabajan en esta oficina a la cual vengo a escribir y bromeo sobre mis supuestos centenarios y mis múltiples viajes al extranjero, pienso en ellos y en que se van hacía no sé dónde para vivir su fragmento de vida que en un momento dado comparten conmigo casi sin querer porque los pasos nos aglutinaron en este rectángulo lleno de cosas de oficina que los mantiene prisioneros dentro de un horario de trabajo feroz.
Sonrío y observo a través de la ventana, si camino voy al futuro, si no camino igual estoy haciendo el futuro porque nada ni nadie se detiene, las hojas del nogal se agitan con el viento y se mueven rítmicas como si danzaran para mí, les agradezco con una inclinación de cabeza y el viento habla reclamando su sitio, va adelante quizá alrededor del mundo y le pido que en un año si le es posible acuda a mi encuentro en donde quiera que esté, que me descubra y me diga con su voz suave y fresca “soy yo”.
Pero ocurre que pienso en la posibilidad de ya no estar y entonces creo que hay algo incierto en el tratar de alcanzar el destino, vuelve a soplar y a hablarme muy interno, muy fuerte, si, tiene razón, es posible que forme parte de él, de su caricia y entonces acuda a verles a ustedes y susurre en su oído una palabra que provoque lo que provocan los recuerdos, alegría, felicidad, tristeza o llanto. Pensarán probablemente -¿Quién eres tú que provocas que la emoción se desborde de mi mente e incite a esa cascada de recuerdos?, te acercas a mí e imprudentemente mencionas el nombre que pensé olvidado y evoco su imagen, su palabra, su faz.
Practico entonces escribir rápido para concluir con este texto que comencé por un impulso y que mis dedos se niegan a dejar por un breve espacio de tiempo para seguir creando el futuro en el que acaricio a las niñas y le brindo un abrazo a Aure tan desesperada por su vida o suena el teléfono y se produce otro inesperado evento que me va a hacer salir a la calle y no sé lo que me espera de pronto. Me sacudo el ánimo de pensar en el pensar qué va a suceder, qué impensada experiencia he de practicar y me detengo de sopetón para saludar a la vida del próximo segundo y despedir a la vida del segundo que se ha ido, éste quisiera regresar pero le es imposible y nostálgico cierra sus ojos para sumirse en un sueño hipnótico que le revierte a vivir eternamente su presente.

Casi sin advertir sigo creando mi futuro, se baja la máscara el tiempo, ríe de mí y mis pensamientos se dirigen a un acontecimiento del pasado que me lo planteo con la imaginación en este próximo segundo bajando poco a poco los párpados que caen pesados cubriendo las imágenes externas que insisten en quedarse ahí por efecto de la luz, pero vencidas por la oscuridad dan pie a las que me hacen vivir la felicidad que aspiro y respiro con gran gozo y sensibilidad. Se crea un remolino y acabo por aguzar el oído y tiñen las campanas de la iglesia con ese sabor provinciano y religioso de mi Cholula amada. Ahora otra vez situada en mi futuro inmediato doy oídos a ese ritmo musical y la gente apresurada futurea con llegar a misa para enardecer su espíritu.
Cedo el lugar a la proximidad de la cita que en unos minutos va a producirse con dos buenos amigos y saboreo el encanto de una buena plática. Por lo pronto sigo armando mi futuro con el movimiento de mis manos, de la reflexión, se cae una hoja blanca y llegando al suelo se ve atrapada por un individuo que presurosamente la levanta dejándola en su lugar, confusa me pregunto ¿Cuál es su futuro? Si tan sólo transcurrió un segundo y regresó al origen. ¿Advertiría acaso que algo pasó con su proceso de existencia?
Cuento por hastío los segundos en un juego interminable con ellos, voy desarreglándolos en todos los tiempos posibles y brinco del dos al siete, del siete al uno, del uno al cien y con ese placer de confundirlos pierdo el presente y el pasado y el futuro manejándolos a mi antojo y voluntad para volver loca a la vida. Mi percepción ahora confundida pide el reposo de la cabeza que aclara las ideas y se vuelve objetiva cuando presume que no hay futuro, que no lo sé, no sé qué quiero de mí en el futuro, posiblemente quiero volar, correr como un caballo salvaje, amar sin control, ver un milagro y conocer a Dios…
Patorza



































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