Del Orden al Caos 2
- 18 abr 2017
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Hoy sentí que debía escribir. Paso la vida contemplando los múltiples y promisorios eventos que me permiten ser consciente de la vida para tomar decisiones que me confieran entender en que consiste el tránsito de mis pasos sobre éste mundo tan singular.

Creciendo dentro de un cuerpo absurdo por su marcada imperfección. Sostengo la esperanza de que en lo futuro; llena de arrugas, podré expresar los años que me mantuvieron en la constante expectativa de lo que va a ocurrir y no ocurrió, con tanta frecuencia, que me limito a sonreír y a carcajearme de lo esperado sin conseguir y lo inesperado con su carácter de sorpresa.
Si adivinara; o al menos recordara, las tantas veces que dentro de mi contexto de vida hice antesala para que sobreviniera lo inexplicable que finalmente no ocurrió. Debido, a que los deseos no siempre son otorgados por las diversas circunstancias; que impredecibles, pugnan por no favorecer a todos los seres con sus manjares exquisitos de complacencia.
Sé que arrastro frustración y miedo a desear, ya que los sistemas no se crearon para que las masas obtengan un satisfactor fehaciente de sus más profundas ilusiones.
Entonces, como un elemento normal de la sociedad; supongo, que la dictadura de poderosos rija mi cabeza con imposiciones argumentadas en un bienestar social.
Reniego de los pormenores de las teorías creadas por la falsa psicología, que a mi parecer, es poco equilibrada y surge codiciosa de la conducta masiva que nos engloba en un sistema de comportamiento parejo para todos. Algo tan diferente de cuantos poseen la satisfacción de vivir como mejor les deleite; sin englobarse en lo estadístico, que únicamente marca datos irrelevantes de formas de ser y conducirse, a sabiendas de que en el fondo, no se apegan más que a comportamientos impuestos dados por válidos, para no salirse de una pila de normas transmitidas por una educación moral, religiosa y social sistemática.
Éstas reglas castran de por sí a los individuos, y no les permiten tener un comportamiento fresco, creativo y apasionado que desea y espera, sin tener nada que ver con una educación de clase. Siendo diametralmente opuesto a lo que marcan los cánones paradigmáticos que en la actualidad no coinciden con lo que la gente espera de sí misma.
¿En dónde radica entonces el deseo de desear, si no podemos ejercer el concepto en plenitud?
Caen las máscaras cuando solemos probar los estupefacientes de originalidad que nos permiten respirar por primera vez con avidez y desesperación la extravagancia de sentirse libres para desear sin ataduras; funcionando humorística la vida en un torbellino de ideas no realizadas y pendientes a realizar para tener un jolgorio de substancias sin ensayar, que van apareciendo a cada instante y se desploman en una cascada ilimitada de ideas y deseos: cómo correr en las madrugadas frías sin calcetines, cantar como un gorrión desentonado, mirar a través de cristales con distintos colores eligiendo el rojo pensando en que todo arde en llamas.

Mirarse en un espejo; esperando que al fijar la mirada con poderío, éste rompa en mil pedazos y surja una gama de tonalidades cambiantes que le den al mundo un color desigual nunca antes visto.
O le demos nuevas gradaciones de locura a los seres más cercanos y destruyamos lo que marca la ciencia como normal y se vuelva anormal de un solo eructo que provocamos cuando un ave entro en nuestra boca y con alas incansables, estimulo ese cosquilleo en nuestra garganta que desestabilizó nuestras cuerdas vocales y lanzó con violencia ese fenómeno, que una mente posicionada frente a nosotros capto, volviéndola loca, comenzando a su vez un recorrido hacía su propia libertad de desear. Desencadenada toma una posición para volcarse en una ilimitada llanura de hojas secas con matices rojos, sepias, amarillos, naranjas y arenas agolpados en la falda del volcán que solemne emite una nueva fumarola, que acaricia a ese sujeto con su mano envuelta en el violeta azul del cielo y viaja al fondo de la tierra a través del cráter que descarado le muestra sus colores rojo intenso.
Sigue en su desbordado viaje de deseos, encontrando una pared de cráneos de individuos estancados en su insistente no libertad de desear. Como un enorme tzompantli de seres exánimes sin imaginación, que quedan ahí por la eternidad. Mientras él sigue su viaje y se encuentra con una mujer blanca, la más blanca que haya visto en su vida, ésta lo recibe con amor y lo estimula a acercarse, a desear. Ahora le ofrece agua, pan y sal para hacerle descansar, cantando esa canción de cuna olvidada que lo hace dormir para que en su sueño toque con la magia a otro individuo y comience su proceso de libertad y deseo; éste, montando en un ave que presurosa quiere llegar al polo norte para congelar sus sueños en la blanca nieve y descansar por fin, anhelando no volver a vivir con las estrictas reglas de la escuela impartida por los seres dormidos que jamás avivaran sus sueños.
La maravillosa ave se posa sobre la montaña más alta de su deseo, baja su carga y por fin duerme silenciosa en la mar de la vida de la ilusión.
Patorza



































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